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29 dic 2009

Tía Sol

Antes de que la Tía Sol adquiriera ese titulo nobiliario, era simplemente Soledad, mi amiga.

Nos conocimos en la facultad hace miles de años y junto con María y Susana formábamos un cuarteto cuanto menos temible. Nos entendíamos tan bien que si alguien osaba romper nuestro equilibrio de brujas en constante aquelarre lo expulsábamos sin ningún tipo de reparo.

Estudiábamos, reíamos, nos sosteníamos, éramos ambiciosas. Estábamos en lo que algunos llaman “la edad de los milagros”. Ese momento mágico en que el mundo es ancho y propio.

Después, a lo largo de casi veinte años, vinieron otros días y otras noches donde muchas veces el mundo se nos ha presentado estrecho y ajeno. Así y todo, con minutos o meses de distancia siempre estuvimos cerca.

Yo creo que con los amigos de verdad uno mantiene una conversación, una sola, la misma, siempre. Cuando no te ves, esa charla queda en pausa, hasta la próxima vez que te encuentres. No importa que haya pasado, un amigo te lleva a pulsar esa nota íntima y vital en la que somos quienes somos y quienes queremos ser.

Yo un día quise ser madre y comprobé que “la edad de los milagros” puede durar toda la vida.
Y así fue como aún antes de nacer mis hijos, de mi amiga Soledad me nació una Tía Sol.